Consulté mi reloj y eché una mirada al río que serpentea por el corazón de San Antonio, observando las lanchas de excursión que pasaban serenamente. Esperaba a mi amiga Joyce, quien debía reunirse conmigo en un pequeño café para un desayuno tardío. Hacía un año que no nos veíamos, desde que ella se mudara a Texas para dedicarse a la abogacía. Y empezaba a parecerme que tampoco en esa oportunidad nos veríamos: ella estaba demorándose mucho y yo estaba nerviosa por el seminario que estaba dictando (mi excusa para visitar San Antonio), pues era el primero de la tarde. Estaba ya disponiéndome a marcharme cuando apareció Joyce y se dejó caer en la silla, frente a mí, algo desaliñada.
-Discúlpame por llegar tarde -dijo, con su encantador acento sureño-, pero tengo una excusa que te calentará los oídos. - Se inclinó por sobre la mesa para susurrar: -Desde que salí para ir al trabajo, ayer por la mañana, no había vuelto a mi casa. Por eso tuve que desviarme para cambiarme de ropa. He estado toda la noche despierta, haciendo el amor. Esta vez va en serio. Por fin me he enamorado de verdad. Ya sé que es muy repentino. Parece una locura, ¿no? Pero es amor.
Calló momentáneamente, mientras la camarera nos llenaba las tazas de café, y se lanzó en los detalles de su recién descubierto romance.
